Páginas

Camino de la ermita vieja


He estado bailando estas noches
de frío entre las sábanas
y helada matinal;
he estado bailando
en balcones
de los que mis pies colgaban
y mis carcajadas
le caían en el ombligo a la ciudad

He estado maullando en azoteas
donde solo se oía la voz de Baudelaire
que secaba con su hálito
el solado empapado de fractura;
del vino del teatro,
y del de las misas;
de la copa que va
de ojo a ojo
en una de esas suertes
que es el amor.

Yo, no sé si hombre prudente
o temeroso,
temo al olvido,
el olvido que confunde las arrugas de la frente
y le hace a uno parecer otro,
cualquiera,
y le hace a uno sentirse pequeño,
como un cachorro que no puede abrir los ojos.
Por eso digo que temo al olvido,
y a ser olvidado
y olvidadizo,
y a que se me olvide olvidar.
Olvido. Qué palabra tan rara.

He aprendido,
aunque sea un poco,
aunque sea para tener qué olvidar,
y he descubierto
que te prefiero cuando no te vistes de ciudad,
cuando te puedo sentir la arcilla con los pies
y respirarte profundo,
sin vicios.

He estado
buscando piedritas chicas
-así, pequeñas-
en las cenizas de Buda.

No hay comentarios: